Hay miles de promesas en el mundo lingüístico para que aprendas un nuevo idioma. Te venden de todo: métodos a precio de riñón, libros más caros que la canasta básica, aplicaciones coloridas con un búho que te persigue en tus pesadillas y clases en línea con tecnología de última generación que parece sacada de la NASA.
A ver, todo es válido y, de alguna forma, algo se te va a pegar. Sin embargo, la cruda realidad es que ningún método milagroso va a funcionar si tú no pones de tu parte. ¡Las apps no estudian por ti!
Además, hablo desde la experiencia. Conocí a diferentes tipos de instituciones y he dado conferencias y talleres (incluyendo a profesores de estas escuelas “milagro”) y la triste verdad es que hay maestros que carecen del potencial lingüístico y pedagógico que proponen, aunque sean nativos. Te prometen el cielo, pero no saben ni explicar lo básico o cometen errores tal como los que un nativo puede cometer en su propio idioma.
Para colmo, a veces estos súper métodos están tan mecanizados que la libertad de cátedra brilla por su ausencia y el avance acorde al ritmo de los alumnos es completamente nulo. Están tan saturados de actividades (el libro, la app, el jueguito, el examen, la presentación) que los profes solo intentan cumplir con el calendario para que no los corran. Lo cual se entiende… ¡pobres! La competencia es grande en el mercado y hay que mostrar resultados palpables.
Y sí, felicidades, ganaste la medalla de oro de la semana en el juego virtual, pero en la vida real sigues sin saber cómo pedir un café o sin entender aquel amigo nativo que tienes. No me malentiendan: los juegos son increíbles para aprender si se usan bien, pero acumular puntos virtuales no garantiza que puedas mantener una conversación real.
Recuerda, la práctica del idioma a nivel real es lo que hará la diferencia. ¡Menos procesos corporativos y más atención real al alumno!
